sábado, 5 de julio de 2008

María Arteaga


María Arteaga
José Antonio Hernández Guerrero

¿A quiénes damos de comer? A los tienen hambre. ¿Por qué lo hacemos? Porque sentimos pena. Estas respuestas tan elementales de la hermana Teresa constituyen, a mi juicio, la mejor manera de explicar el mensaje fundamental del Evangelio. Las actitudes y los comportamientos de estas nueve mujeres componen un discurso que, sin necesidad de acudir a exégesis escriturísticas, es mucho más claro y bastante más eficaz que mucho tratados de Teología. Mediante el lenguaje sencillo, directo y bello, de su servicio a los más necesitados, comprendemos esas ideas que nos ayudan a descubrir unas razones válidas para vivir la vida de una manera más intensa y más alegre: sus vidas nos invitan amablemente a que afrontemos las dificultades que entraña la existencia humana con un espíritu positivo.
Estas son las enseñanzas que hemos recibido en la visita al Hogar situado en el callejón María Arteaga, donde nueve Hermanas de la Caridad, ayudadas de diez voluntarios –dos hombres y ocho mujeres-, con naturalidad, hacen lo que saben, con alegría, trabajan en lo que les gustan y, con sencillez, explican lo que pretenden: se dedican exclusivamente a dar de comer al hambriento y a vestir al desnudo. “Ésta es –comenta sor Nieves- nuestra peculiar manera de rezar, de hablar y de vivir”.
Este centro nos proporciona, más que nuevas informaciones o inéditas lecciones, unos estimulantes impulsos para que profundicemos, por la senda de la experiencia y de la introspección, en las sensaciones, en los sentimientos y en las vivencias que podemos experimentar si nos decidimos a “practicar” las convicciones teóricas. Es una amable invitación para que, asomándonos a esas vidas tan próximas, descubramos lo mejor de nuestras propias existencias. Vivir el amor es la única manera de creer en la trascendencia: el Evangelio, como es sabido, más que un libro de doctrina, es una guía de vida, un plan, un programa y un itinerario. Y es que, paradójicamente, el amor es el único camino que nos conduce directamente a la libertad, a la paz y al bienestar.
“Para comprender –afirma la Hermana Teresa- es necesario amar”. Pero para amar hemos de compartir experiencias con unas personas que necesitan compañía, atención, escucha y cuidados físicos. Hemos de penetrar en sus vivencias y descubrir esas amargas paradojas de quienes, teniendo necesidad de amor, se resisten a amar y a dejarse amar: “Incluso para reconciliarnos con nosotros mismos, aceptarnos y amarnos serenamente, necesitamos amar a los demás. Calibramos en su verdadero sentido las realidades humanas si las miramos desde el corazón: sólo conocemos lo que amamos”.
Hemos comprobado cómo, a través de estas experiencias, llegamos a conclusiones análogas a las que formulan eminentes pensadores actuales: que muchos de los problemas que acucian a la sociedad contemporánea, a las crisis que sufren las familias e, incluso, a los desequilibrios que padecen muchos conciudadanos, tienen su origen en el permanente empeño por cubrir nuestra radical miseria, disimulando nuestro irrefrenable egoísmo y camuflando nuestra insaciable ansia de dominar a los demás. Quizás la aportación más valiosa de estas vidas -sencillas, claras y valientes- sea la narración pormenorizada de la senda que hemos de recorrer para releer unos principios que, aunque están tan claros en el Evangelio, sólo cuando se convierten en vida muestran su valor y demuestran su eficacia: que la fe es una manera de sentir y de amar. “Nosotras -nos dice la hermana Teresa al despedirnos- no estamos aquí para dar lecciones a nadie sino, todo contrario, para aprender de los que acuden a comer”.


Museo Catedralicio


Museo Catedralicio
José Antonio Hernández Guerrero

Los museos, como todos sabemos, cumplen las funciones de conservar con esmero y de exhibir, de forma didáctica, atractiva y amena, las obras artísticas, históricas y culturales que nos han legado nuestros antepasados más ilustres. Guardan los testimonios de las raíces que nutren nuestras vidas y las claves que hacen posible que nos reconozcamos cómo somos en la actualidad. Por mucho que nos empeñemos en negarlo, estos recintos encierran las explicaciones de nuestras actuales maneras de pensar, de sentir y de actuar.
El mismo convencimiento que, hace varias semanas, me impulsó a sentarme en los graderío del teatro romano con el fin profundizar en los mensajes que nos transmiten sus restos y de extraer lecciones para la vida actual, me ha animado para que visite el Museo Catedralicio que está instalado en la Casa de Contaduría, asentada precisamente sobre la cávea de dicho teatro.
Guiado por el detallado prospecto que ha elaborado el canónigo, profesor e investigador Pablo Antón Solé, he recorrido el Patio Mudéjar de la Casa del deán Rajón y el de la Casa del canónigo Terminelli, donde en los años cuarenta del siglo pasado -¿recuerdan los mayores?- el padre Torres, además de enseñarles las reglas aritméticas y las normas ortográficas a los acólitos y a los seises, ensayaba los motetes que ellos cantaban en las funciones solemnes de la Catedral.
En las diferentes salas he contemplado las muestras de pintura del siglo XIX como, por ejemplo, la de San Hermenegildo y Santa Inés, Santa Filomena y Santa Isabel, la Virgen con el Niño y Ángeles y la Aparición de la Virgen a San Ildefonso de Toledo. Me he detenido especialmente en la Sala de las Custodias en las que se exhiben, entre otras, la custodia del Cogollo, de estilo gótico florido, la del Millón, recamada con piedras preciosas y con perlas, y la de Ana de Viya, neogótica, adornada con una rica variedad de pedrería. He observado minuciosamente el Cáliz gótico, la Cruz de los juramentos, gótica y plateresca, la Cruz procesional, de estilo platerescom y la Bandeja de Ágatas, posiblemente renacentista de origen italiano.
En la Sala de Plata, he admirado el amplio y variado conjunto de piezas de orfebrería de estilo barroco y neoclásico como, por ejemplo, cálices, vinajeras, candelabros, incensarios, escribanías, relicarios de plata y de talla de madera policromada, y he recordado el esplendor de aquel siglo XVIII gaditano que fue punto de partida y de llegada de los comerciantes de América.
Durante el recorrido he reflexionado, no sólo sobre los cambios de estilos artísticos y sobre la evolución de los cánones de belleza, sino también sobre las transformaciones de los ritos litúrgicos, sobre las diferentes y, a veces, opuestas formas que, a lo largo de la Historia, los creyentes han interpretado y celebrado aquellos misterios que tuvieron lugar hace ya más de dos mil años.
En mi opinión, es saludable seguir ese impulso que nos lleva a confrontarnos con nuestro pasado, a medirnos con él, con el fin de extraer enseñanzas de los relatos de esos episodios lejanos que, por caminos zigzagueantes, desembocan en nuestra actualidad. La contemplación de estas reliquias, además de hacernos disfrutar, puede enseñarnos valiosas lecciones proporcionándonos pistas orientadoras que nos ayuden a proseguir nuestra andadura. Para ello es necesario que cultivemos el sentido crítico con el fin de extraer las sustancias nutritivas y, al mismo tiempo, liberarnos en lo posible de lo peor de esos tiempos ya superados.

Caballeros Hospitalarios


Caballeros Hospitalarios
José Antonio Hernández Guerrero

Les confieso que a mí también me picó la curiosidad cuando, hace ya varios años, contemplé por primera vez a esos caballeros que, ataviados con sus capas rojas y con esas cruces blancas, celebraban sus cultos litúrgicos en el Oratorio de San Felipe Neri. Créanme si les digo que aquellos hábitos de las órdenes de caballería me produjeron la impresión de que se trataba de una institución anclada en el pasado. Incluso -quizás influido por las leyendas sobre otras órdenes militares como, por ejemplo, la de los Templarios- me pasó por cabeza la posibilidad de que pertenecieran a una de esas sectas secretas que practican ritos esotéricos y que persiguen fines ocultos.
Ni corto ni perezoso me decidí a visitar la sede que está en la calle Cervantes, en el edificio que anteriormente era la Casa de Socorro, con el fin de que me proporcionaran informaciones sobre sus fines, sobre sus métodos y sobre sus actividades. Y allí, lo primero que hizo el secretario general, Rafael Melgar Fernández, fue confirmarme que, efectivamente, en su origen los Caballeros Hospitalarios habían sido integrantes de un grupo caritativo que, en la Edad Media, asistía a los peregrinos que, enfermos y cansados, acudían a un Hospital ubicado Jerusalén, en el mismo lugar en el que mil años antes, se encontraba el hogar de Zacarías, el padre de San Juan Bautista. El tesorero, Miguel Farrujia Carvajal, me precisó que, a lo largo de los siglos, esta institución había sobrevivido gracias a su capacidad para adaptarse a las diferentes exigencias de cada momento histórico y a las distintas características de cada sociedad. Pepi y Manoli no disimulaban su alegría al mostrarme lo “esdamondá” que estaban todas las habitaciones y lo cómodos que eran los sillones de la sala de estar donde los residentes conversaban y veían la televisión.
Me han resultado esclarecedoras, sobre todo, las reflexiones que me hizo el director, Francisco Súnico, mientras me enseñaba cada una de las dependencias y me explicaba los diferentes servicios que allí ofrecen a los más necesitados como, por ejemplo, el reparto de alimentos, las cenas y el alojamiento nocturno o los talleres ocupacionales de marquetería, carpintería, cocina, inglés e informática.
Me ha definido con precisión los principios en los que se apoyan estas actividades y, con entusiasmo, me ha justificado las razones que empujan a los Caballeros a desarrollar una labor que, desgraciadamente, sigue siendo indispensable. Partiendo del supuesto de que el origen y, por lo tanto, la solución de la muchos de los problemas de extrema pobreza que sigue sufriendo un considerable sector de nuestra opulenta sociedad radican en una deficiente organización social, en una inaceptable práctica política y en una carencia del sentido ético, hemos de reconocer que, incluso en las mejores condiciones legales y administrativas, muchas de las necesidades individuales y colectivas no se remediarían sin la ayuda desinteresada de voluntarios o sin la colaboración generosa de instituciones altruistas.
Reconociendo que ya ha pasado la época en la que los más desprotegidos eran tratados como sujetos pasivos, sin capacidad de intervenir y de criticar –al menos indirectamente- en el funcionamiento de los organismos políticos, hemos llegado a la conclusión de que, en la actualidad, existen propuestas innovadoras, fruto de la acción libre de aquellas personas que dedican parte de su tiempo a mejorar la situación de los más desfavorecidos. No dudamos de que todos los ciudadanos tienen los mismos derechos para conseguir un determinado bienestar humano ni de que hemos de luchar para lograr una sociedad civil justa, que trate de superar los problemas sociales como el hambre, la pobreza o la exclusión, ha de cimentarse en los valores de la solidaridad.
Como repetía Paco Súnico, “la validez y la eficacia de nuestras formas de intervención social residen, más que en sentimientos de compasión paternalista, en una profunda convicción de la dignidad suprema del ser humano”.

Rusia siglo XX


Rusia Siglo XX
José Antonio Hernández Guerrero

No me extraña que, como me confirma María de los Ángeles Delfín, los numerosos visitantes –los que vienen expresamente desde diferentes ciudades españolas o los turistas que permanecen escasas horas en nuestra Ciudad- coincidan al expresar su sorpresa -y algunos de ellos su entusiasmo- por la “feliz oportunidad” de conocer, de admirar y de disfrutar con esta colección de obras pictóricas de artistas rusos del siglo XX.
Gracias al trabajo, apasionado, tenaz y riguroso, de Dolores Tomás y a las relaciones de amistad de esta mecenas y coleccionista con los autores de los lienzos, esta muestra, ubicada en el Castillo de Santa Catalina, nos proporciona el conocimiento de una serie de pinturas rusas que, a juicio de Matías Díaz-Padrón, Director Técnico y Conservador Jefe del Departamento de Pintura Flamenca y Holandesa del Museo del Prado, llena un periodo apasionante y excepcional.
A través de los diferentes temas y de los diversos estilos de estas 125 obras al óleo de cincuenta y siete autores, disfrutamos –valoramos y sentimos- con escenas de la vida cotidiana de los rusos en aquellas circunstancias tan difíciles tras la Revolución de 1917, y podemos apreciar las orientaciones que siguen las corrientes artísticas que, alejadas de los estilos que se cultivan en la Europa Occidental, y a pesar de las dificultades, se desarrollan en los estudios de los creadores bajo las pautas impuestas por la política soviética.
En esas tres salas hemos contemplado obras que nos hablan de obreros y de campesinos, de bodegones y de flores, de escenas de hombres que labran la tierra o que acuden a la guerra, de mujeres humildes que recogen sandías, riegan o pintan el tejado, cuyos rostros nos hablan de sufrimiento, de trabajo y de resignación, de niñas y de niños que leen, dibujan o trabajan en el campo, de paisajes de amplias estepas, de frondosos bosques, de montañas y de valles.
Hemos comprobado cómo, a pesar de que muchas de las pinturas son realistas -siguiendo las consignas políticas que imponían la obligación de que el arte se utilizara como instrumento al servicio del pueblo- también se realizan otras obras que, con claros rasgos impresionistas, plasman la luz y atrapan el instante, sin marcar los detalles, y que, como por ejemplo la “Playa” de Alexandr Fomkin (1924), o “Un día verde” de Pior Zverlvski (1942) emprenden un retorno al impresionismo asumiendo el ímpetu emocional del pueblo llano y reflejando con ternura diferentes imágenes de la vida cotidiana de un país que trabaja, sufre y calla.
Durante esta grata vista he reflexionado sobre esa permanente tentación de algunos políticos que, mediante prohibiciones y amenazas, o a través de dádivas y de subvenciones, pretenden cortar las alas de la libre inspiración y hacer que los artistas se conviertan en sus entusiastas pregoneros. Reconocemos, sin embargo, que el fomento de las artes constituye uno de los cometidos ineludibles de los poderes públicos y de las instituciones sociales, quienes, además de otras tareas, han de estimular el esfuerzo personal para lograr un aceptable grado de educación cultural y de gusto artístico.
Pero lo que más me ha llamado la atención en esta placentera visita ha sido el entusiasmo con el que un nutrido grupo de alemanes, ante el cuadro titulado “La lluvia en el bosque”, de Igor Sushenok (1964) comentaba la intensa luz que se reflejaba en el húmedo suelo. Poco a poco vamos comprobando cómo la cultura, además de alimentar nuestro espíritu, es el exponente más explícitos del nivel de bienestar de una sociedad.



han de ser saludables, nutritivos, apetitosos y, también, gratos al olfato, a la vista y, por supuesto, al paladar.







Los artistas iniciaron el siglo entre innovaciones de influencias cubistas, futuristas y expresionistas mientras se reforzaban los principios de un renacimiento ruso. Pero domina en la exposición el impresionismo. se produjo un regreso al impresionismo". Esta muestra contribuye a consolidar Cádiz como ciudad de encuentro del mundo ruso e hispánico.

El Museo de Bellas Artes Gravina (Mubag) de Alicante acoge entre mañana y el 6 de julio una exposición de pintura de 46 "grandes maestros" rusos posteriores a la Revolución de 1917 que son desconocidos por el gran público de los países occidentales . Se trata de parte de la colección privada de Dolores Tomás, que trata de realizar un "recorrido por las muy diversas escuelas de los grandes maestros" durante la etapa soviética, entre ellos, Serguei Martynov, Mikhail Batov, Piotr Litvinsli, Alexei Borodin, Vdim Velichko, Vladimir Stroyev y Aron Buj, conocido como el Van Gogh ruso.En la muestra se reflejan expresiones vanguardistas en un retorno al impresionismo asumiendo el ímpetu emocional del pueblo llano, al tiempo que se reflejan con ternura imágenes de la vida cotidiana. Algunos de estos pintores fueron relegados a la sombra por su independencia a la autoridad oficialista, lo que se refleja en la exposición.


La exposición, en la que se podrán contemplar 204 pinturas al óleo pertenecientes al período 1911-2000, escogidas entre las casi 3.000 obras que componen la colección del mismo nombre

AFANAS


AFANAS
José Antonio Hernández Guerrero

En primer lugar, querida Jessica, te agradezco la cordial sonrisa, la expresión alegre de esa cara tan guapa y, por supuesto, esta maceta de flores moradas que, decorada con tanto arte, me acabas de regalar. Diles, por favor, a todos tus compañeros, que todavía estoy impresionado por la espontaneidad con la que me gritasteis: “aquí todos estamos muy contentos; hasta Lola que es nuestra maestra de jardinería”.
Impulsado por el deseo inicial de conocer nuestra Ciudad, de aprender de las lecciones que me dictan sus entrañables rincones y de disfrutar con los encantos que encierran sus parajes más significativos, en el paseo de esta semana me he detenido en el Centro de la Asociación de Ayuda a Minusválidos Psíquicos que está situado en la Barriada de la Paz. Les adelanto que esta visita ha constituido una de las experiencias más provechosas, gratificantes y placenteras de las que he vivido durante estos recorridos informativos.
Acompañado de Juan Luis, el director de la Residencia de adultos, y de Guadalupe y de Lola, la directora y la subdirectora del Centro Ocupacional, he visitado las diversas instalaciones en las que más de cuatrocientos alumnos y residentes aprenden, trabajan, conversan, juegan, se divierten, se alimentan y descansan. He podido comprobar cómo, en el Centro Educativo, según el grado de autonomía de cada uno de los usuarios y siguiendo un plan de aprendizaje individualizado, en un ambiente relajado y cariñoso, conviven, estudian y trabajan niños, jóvenes y adultos que muestran alguna deficiencia psíquica.
Es cierto que me ha sorprendido gratamente la elevada calidad de algunos de los trabajos realizados en los talleres de madera, de jardinería o de mosaico como, por ejemplo, esos que, compuestos de diminutas piedrecitas multicolores, realizan los jóvenes que dirige Félix del Río, pero lo que más me ha asombrado ha sido el estimulante ambiente familiar que este grupo de más de ciento veinte profesionales, ayudados de varios voluntarios, han creado, guiados por el ánimo de proporcionar a estos conciudadanos nuestros una vida afectiva lo más normalizada posible y decididos a prestarles la atención peculiar y el apoyo específico que requieren las necesidades y las exigencias de estos colectivos en la vida cotidiana actual.
Lo malo es que, como me confesaba Emilio Carrere, Presidente de la Asociación, este Centro, creado por iniciativa de los padres de familia hace más de cuarenta años para atender las necesidades de unos sesenta usuarios, en la actualidad ya alberga más de cuatrocientos. Efectivamente se ha quedado pequeño, requiere una urgente remodelación de sus instalaciones y, sobre todo, está pidiendo a voces la renovación de muchos de sus muebles y equipos.
En mi opinión, es posible que, si las instituciones públicas y los ciudadanos visitáramos con mayor frecuencia estos centros asistenciales, además de proporcionarles mayores ayudas, recibiríamos en recompensa unos alentadores impulsos para vivir unas vidas que, por ser demasiado “normales”, nos resultan anodinas, insustanciales y aburridas. A lo mejor estos seres nos descubren, con su ingenuidad, el valor de las cosas elementales como, por ejemplo, un dibujo, una canción o una flor. A Pepi, a Juan, a Antonio, a Paco, a Carmen, a Manolo y a todos los demás de cuyos nombres ahora mismito no me acuerdo, os prometo que volveré para almorzar con vosotros. Un beso de José Antonio.

La Sagrada Familia de Rubens


La Sagrada Familia de Rubens
José Antonio Hernández Guerrero

La mayoría de los escritores que, invitados la por Asociación Qultura, han intervenido en el Ciclo Voces en el Museo, nos han estimulado para que, remontándonos libremente a las alturas del cielo limpio de la imaginación, creáramos episodios originales a partir de la contemplación de las obras que ellos nos explicaban. Sus estimulantes apuntes han sido amables llamamientos para que nos defendiéramos de los ataques permanentes de la vulgaridad estética de la sociedad y de la brutalidad política de los poderosos: para que nos protegiéramos de la ordinariez ambiental y de la crueldad institucional. Gracias a sus enjundiosos comentarios, hemos podido comprobar cómo las obras artísticas, cuando son interpretadas por los que poetas, se llenan de sentidos trascendentes y transmiten reconfortantes mensajes.
En esta ocasión, José María García López -profesor, investigador, traductor, articulista, novelista y poeta- con su palabra limpia y con su mirada sutil, ha penetrado en el fondo de los personajes de este pequeño cuadro pintado sobre cobre, que forma parte del legado del Almirante Lozano (1872), y nos ha invitado para que escucháramos los ecos que resuenan en la intimidad de nuestras propias conciencias. Sintonizando con la concepción cultural de este grupo de entusiastas gaditanos –alejada tanto de la KontraKultura como de la Cultura oficialista- y captando las vibraciones del público visitante, este escritor, “un humanista conocedor del espíritu humano”, como lo ha definido su presentador, el profesor de nuestra Universidad, José Jurado, ha profundizado en ese “espectro subterráneo que crea el arte” y que constituye el alimento que nutre nuestras fibras más humanas.
Conducidos por su habilidad narrativa y por su agudeza poética, hemos descubierto las claves biográficas que explican la pintura de Peter Paul Rubens (1577-1640), un alemán, considerado como uno de los pintores más destacados de la escuela flamenca y como el representante más genuino del estilo barroco. Hemos tratado de respondernos a las preguntas que José María hacía –nos hacía- sobre lo que ocurría en el interior de aquella casa popular que, en el fondo lejano, aparece cerrada. ¿Cuál es el sexo y la edad del ángel que, interrumpiendo el acto de amamantar, ofrece uvas blancas y negras al Niño? ¿Cómo se comportaba durante su niñez ese Niño Jesús, que dirige su mirada a pintor? ¿Qué piensa María, que tan parecida es a Elena Fourment, la segunda esposa del pintor? ¿Era consciente Rubens de esa la perplejidad en la que está sumido San José, quien, con la mirada perdida y la mano en el pecho, no llega a comprender el misterio en el que se ha visto implicado?
Esta conferencia nos ha demostrado que la “lectura literaria” de las obras pictóricas descubren los vínculos que unen el arte con las vidas de nosotros, los espectadores. Aunque no caemos en la ingenuidad de afirmar que los valores estéticos por sí solos humanizan, sí nos atrevemos a aventurar que las creaciones artísticas enriquecen el gusto, concentran la sustancia humana, ayudan para que, cultivando la sensibilidad, las ideas nobles y los sentimientos sutiles, se amortigüen los golpes de las acechanzas de la vulgaridad y las brusquedades de las ambiciones y de las crueldades personales e institucionales.
Los escritores, efectivamente, nos enseñan a mirar para descubrir la sustancia de las cosas, para traspasar los límites sensibles a los sucesos, para desnudar de disfraces y de caretas a las personas, para penetrar en el fondo oculto de la mente, para apropiarnos de las esencias de los objetos, para construir y reconstruir mundos. Las obras de arte, transmiten –querido José María- mucho más de lo que pretenden sus creadores.

Teatro Romano


Teatro romano
José Antonio Hernández Guerrero

En homenaje póstumo al arqueólogo gaditano Francisco José Sibón, recientemente fallecido, y antes de visitar el teatro romano, uno de los objetos de sus rigurosas investigaciones, he dado varias vueltas alrededor de esa estatua de Lucio Cornelio Balbo "El Menor", que está situada en medio de la fuente que sirve de rotonda al final de la avenida Amílcar Barca y al comienzo de la avenida del Campo del Sur. Los investigadores Antonio García Bellido, Juan Francisco Rodríguez Neila, Ángel Muñoz Vicente y Juan Antonio Fierro Cubiellas -que citan el testimonio del geógrafo e historiador griego Estrabón- nos cuentan que este ilustre gaditano, desbordando los límites del antiguo asentamiento fenicio-púnico, “modernizó” nuestra ciudad, construyó el puerto Cádiz y redactó un plan urbanístico dotándola, además de la indispensable conducción de aguas, de importantes edificios públicos, a imitación de Roma, la capital del imperio.
Me he detenido durante varios segundos con la intención de expresarle a este paisano nuestro mi sincera gratitud por los esfuerzos que hizo para civilizarnos: para hacer civil a este pueblo transformándolo en una ciudad, en un espacio diferente a una cueva, a una choza o a una aldea, ordenando unos espacios que facilitaran la vida en común y que estimularan la memoria de los que aquí vivieron e hicieron posibles nuestras vidas. Gracias a las nuevas aceras, a los edificios públicos, a las plazas y de avenidas, los moradores de este rincón, transformados en ciudadanos, durante los primeros siglos de nuestra, se paseaban, se divertían, organizaban juegos y celebraban fiestas.
Desde allí me he dirigido al teatro situado en el barrio del Pópulo, entre la iglesia de Santa Cruz, la Catedral Vieja, y el Arco de los Blancos. Estos restos descubiertos en 1980, me hicieron pensar en el ambiente que se respiraría en un teatro que es considerado como uno de los mayores de España. Sentado en el graderío -o Cavea- construido a finales del Siglo I antes de Cristo, he pensado en la posibilidad de que el destino de estos testimonios de las civilizaciones no sea sólo saciar nuestra curiosidad por la vida de nuestros antepasados, sino la de estimular nuestra fantasía y hacer posible que imaginemos un permanente progreso social y cultural de nuestra vida.
Si profundizamos en los mensajes de estos restos, llegamos a la conclusión de que esas piedras siguen proporcionándonos importantes lecciones para nuestra vida actual. Estas colecciones de fragmentos, con sus formas, con sus proporciones y con ese vocabulario visual de su estilo, nos siguen dictando estimulantes orientaciones para trazar el futuro de una ciudad que tiene una vocación -¿un destino?- eminentemente cultural.
Como afirma el profesor de nuestra Universidad, Joaquín Moreno, una ciudad sin teatro no es todavía una ciudad: y es que, efectivamente, el teatro convoca a la polis y dialoga con los ciudadanos: además de ser un instrumento pedagógico muy eficaz, constituye un foco potente que ilumina la vida de la sociedad, analiza sus conductas, incentiva la reflexión y el debate, potencia la capacidad empática y puede reforzar las actitudes solidarias.
Pero, no podemos perder de vista que, para lograr la supervivencia de esos valores tradicionales, hemos de cultivar la capacidad de reinventarnos de manera permanente para afrontar los grandes desafíos de nuestro tiempo.